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Existe una estrecha relación entre la vida política y la fe, ya sea porque son elementos esenciales a la naturaleza del ente humano;  ya sea porque así se me ha ocurrido.

Aristóteles ha definido al hombre como zoon politikón, característica que hace referencia no sólo a la necesidad del hombre de vivir en sociedad, sino a la capacidad/necesidad de involucrarse en los asuntos de la arena pública, esto es, aquellos menesteres de la vida que a todos nos interesan. Y algo que nos interesa a todos, definitivamente es la vida política de nuestro país, que es vivida más que como asunto de responsabilidad, como “el pretexto”  para instalarnos en la queja y echar culpas.

Y me explico: es un lugar común definir la situación actual de nuestra nación como insegura, corrupta, permisiva, violenta y falta de estado de derecho en todos los sentidos. Cuando intentamos deslindar responsabilidades, culpamos al mal gobierno; al que se fue porque hizo cosas que no tenía que hacer y al que viene porque al parecer le falta claridad de ideas. Insisto: queja y culpa.

Esa realidad que se acaba de describir ¿qué tiene que ver con la fe, particularmente con nuestra fe católica? Tiene que ver mucho ya que estamos llamados a ser sal de la tierra: “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13-14). Ser sal de la tierra significa ser constructores de… ser constructores de mejores familias que construirán mejores sociedades; ser constructores de mejores ciudadanos que serán factor de cambio de la situación de nuestro país.

El Buen cristiano es el modelo del buen ciudadano que en lugar de quejarse y echar culpas hace algo por ser mejor él mismo y a la vez mejorar el sector del país en el cual puede influir porque, como escribió José Ortega y Gasset: “…de lo que sea el hombre medio de un país, del tipo de existencia que lleve, depende el nivel histórico y, en definitiva, político de ese país”.

La vocación de ser constructores de…  la debemos llevar a todos los espacios existenciales en los cuales damos cuenta de nuestra fe. Y ser conscientes de que  decir tengo fe y no tener obras no sirve de nada; así como decir soy cristiano y no ser un buen ciudadano que se involucre en la mejora de Sinaloa y de México, es totalmente incompatible con lo que profesamos. De Ahí la estrecha relación entre la vida política y la fe.

 
 
Rigoberto Camacho Corrales
Filósofo y Terapeuta

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