Logo año de la fe

Creer no es algo secundario en la vida de las personas y de los pueblos sino que es vital y tiene que ver con las actividades y relaciones de la vida diaria; sin fe, la vida pierde su cimiento y el rumbo de superación y realización integral; sin fe, se debilita y se acaba la esperanza y el amor. Es bueno recoger y reflexionar ¿Qué sucede a los esposos cuando ya no se creen, a los hijos cuando ya no creen en sus padres?, ¿Qué pasaría si perdiéramos la fe en nuestros maestros, en médicos y guías?, ¿Cómo sería la vida de nuestra familia si no creyéramos en nuestros vecinos? El vacío de la fe es más peligroso que la crisis económica, política o social porque sin fe, todo se daña y corrompe; desde la fe, todo se puede restaurar y fortalecer.

Es señal de grave peligro cuando un pueblo va perdiendo la fe en sus instituciones fundamentales, sobre todo, en la familia, en la escuela, en la religión; sin el cimiento sólido de la fe, la vida de toda persona y sociedad se va resquebrajando y no pocos se sienten impulsados a buscar refugios no siempre los más adecuados. Las adicciones, la infidelidad, los grupos de violencia, los suicidios y la asociación delictuosa ¿No son acaso  expresiones de grandes vacíos de fe? La falta de fe nos vuelve indiferentes y hasta enemigos; sin fe poco a poco se va apoderando la ley del más fuerte y se da rienda suelta a las pasiones y ambiciones.

La fe comporta ir más allá de lo que vemos  y tocamos, apoyarnos y confiar en el otro más allá de lo que conocemos; las decisiones vitales comportan una fe totalizante que lleva a poner nuestro futuro en la persona en quien creemos, a abandonarnos en el otro; es el caso del matrimonio, de la ordenación sacerdotal, de la profesión religiosa. La fe auténtica y madura nos lleva a tener siempre en cuenta a Dios y a los demás, a relacionarnos y a convivir  cada vez mejor con ellos. Creer en alguien da orientación a lo que pensamos y hacemos, nos abre perspectivas y nos motiva; así, la fe da sentido a lo que hacemos y a la misma vida, más cuando en quien creemos es Dios.

La fe en Dios y la ciencia nunca se oponen sino que se requieren mutuamente. La fe evita que la ciencia se encierre en intereses egoístas, se manipule y pierda su finalidad en la vida humana; la ciencia siempre necesita de la fe. La ciencia ayuda a los creyentes a  no caer en errores ni en fanatismos, a descubrir los campos y realidades apremiantes donde han de mostrar a Jesucristo y hacer presente su amor; la fe siempre necesita de la ciencia, necesita ser reflexionada. La fe que aprovecha el aporte de la ciencia se vuelve más creíble y atrayente porque entonces el creyente sabe dar razón de su fe y, con su testimonio, muestra que la fe eleva realmente la calidad de vida.

La fe no encierra la vida de los creyentes sino que la abre y le da perspectivas, no la asfixia sino que la libera y dinamiza. La fe en Dios nos pone en un camino que hay que recorrer toda la vida, un aprendizaje permanente en el que los creyentes caminamos hacia una manera más auténtica e integral de superarnos y de  relacionarnos con los demás, de convivir, de realizar los variados trabajos y servicios, de alegrarnos y de disfrutar la vida. La fe da hondura, solidez y rumbo a la vida y a todo lo que realizamos.

Con mi saludo y bendición para todos.

 
 
+ José Luis Chávez Botello
Arzobispo de Antequera Oaxaca
contacto@periodicologos.org

.