Panorámica_Calle_Palma copiaEn la renovación de las comunidades parroquiales, la formación de los laicos es un factor clave para comprender mejor el papel que les corresponde para hacer de éstas unas comunidades adultas en la fe y fortalecidas, capaces de anunciar y testimoniar a Jesucristo al hombre de hoy. Esta es la urgencia de que sean bautizados todos, quienes recuperen su propio sentido de Iglesia y con ello, la llamada a la santidad. Sólo así podemos entrar en esta era de la Nueva Evangelización a la que estamos siendo llamados desde el mismo Concilio Vaticano II hasta nuestros días, con el Sínodo de la Nueva Evangelización del mes de octubre de 2012 en el marco del año de la fe que celebra medio siglo de la apertura del concilio.

Los anhelos de santidad como respuesta a la vocación universal a la santidad, la misión de la Iglesia entendida como acción pastoral de todos los bautizados, según su propia vocación, tienen que estar fundamentados en la doctrina de la fe, en la teología y alimentada por la escucha de la Palabra de Dios y por la vivencia de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, presencia del mismo Cristo que ha latir el ser y quehacer de la Iglesia, pues la Iglesia vive de la Eucaristía. Las acciones de los bautizados no son ocurrencias, ni iluminaciones, ni tampoco supersticiones vueltas devoción, sino una fe madura que tiene sus raíces en el depósito de la fe católica y la vida que en torno a ella se genera, no como “normas” que moralizan, sino como Evangelio que impulsa la vida de los discípulos.

Sólo de esa manera se ve claro el camino hacia una Iglesia a la medida de los desafíos de la Nueva Evangelización que el siglo presente plantea a la catolicidad. Ya el beato Juan Pablo II nos ponía al tanto de estas tareas cuando nos hablaba de la misión en la encíclica Redemtoris Missio (cf. No.2) y señalaba que la misión es una “cuestión de fe” porque no es la novedad de los métodos o los recursos tecnológicos, los planes o la organización técnica lo que permite una actividad pastoral fructífera, sino que es necesario suscitar también un “nuevo anhelo de santidad” en la comunidad cristiana.

Es pues una tarea indispensable que los Obispos y sus colaboradores los presbíteros, cuiden mantener activa una ferviente y adecuado formación religiosa de los fieles, especialmente en lo que se refiere a la iniciación cristiana a fin de que no sólo se preparen para la recepción de los sacramentos, sino que sean encaminados gradualmente como discípulos de Cristo, en la vida de su comunidad. Para estas tareas, nos basta la buena fe de muchos hombres y mujeres que se dedican a la catequesis infantil o como preparación a los sacramentos, se requiere de formación y de experiencia. La fe para ser comunicada reclama el encuentro con Jesús, con la vivencia de Iglesia y sólo así, la catequesis es un encuentro de la persona con el testimonio de quien la transmite, porque la fe no se demuestra, se testimonia.

La Nueva Evangelización tiene que ser una experiencia en la que se entienda que la catequesis  la madurez en la fe no tiene que ser una especie de “saber” o una vivencia académica o intelectual, sino una apertura del corazón al deseo de la santidad, a la conciencia de su propia dignidad de bautizados y, por lo mismo, de hijos de Dios y se comprometan cada vez más en la misión profética y ayudarnos todos a superar esa identificación entre la Iglesia y la jerarquía para que, entendiéndonos más como pueblo de Dios, cada uno, según su propia condición de laicos, religiosos o clérigos asumamos la misión única que Cristo ha confiado a su Iglesia; de ello depende mucho el futuro de la Iglesia.

Pbro. Luis Felipe Cabrera Aguilar
Vicario Diocesano de Pastoral
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