mujercansada

Un hombre está en su auto esperando a que el semáforo le indique avanzar, mientras, imagina de qué manera le dirá al muchacho que limpia los vidrios, que acaba de lavar el carro y que no lo necesita –son un verdadero problema-. A toda velocidad otro carro lo impacta por detrás. En un par de segundos toda la tranquilidad y cotidianidad con la que transcurría el día se ha perdido.

En este momento reina el caos y la confusión, todo transcurre en cámara lenta como en las películas. La gente se acerca al carro para sacar al tipo. El rostro del hombre refleja temor y dolor. Pasan los minutos y un temblor incontrolable se apodera de todo su cuerpo. El diagnóstico del paramédico que lo atiende es que “está asustado” con una risa en su rostro.  Inmediatamente las personas al rededor comienzan a decirle lo único que saben decir: “cálmate”; “no pasa nada”; “ya pasó”; “lo bueno es que estás bien”.

Ante las situaciones estresantes o traumáticas que en la vida corriente vamos experimentando existe un antídoto generalizado: la negación o evitación. Como lo podemos ver en la narración, desde el paramédico que se ríe del temblor (porque como sociedad no nos permitimos demostrar signos de vulnerabilidad),  hasta las personas que (sin negar una positiva intencionalidad) lo único que hacen es llevar al otro a que evite el contacto con sus emociones. Estoy casi seguro que más del 80% de los lectores de este artículo alguna vez en su vida han dado un consejo de esta naturaleza. Pero no es nuestra culpa, somos hijos de nuestro tiempo, somos hijos del pensamiento racional y discursivo, somos hijos de la dicotomía  de la razón y la emoción.

El problema con dejar pasar una situación estresante o angustiosa es que en realidad nada cambia, aunque la vida parezca seguir su curso. Cuántos de nosotros al experimentar una situación dolorosamente existencial nos sujetamos a la figura infantil de aquél que se tapa los ojos para intentar desaparecer la realidad que aparece frente a él. Con tal actitud lo único que conseguiremos será perpetuar la situación dolorosa. Situación que tarde o temprano emergerá en el momento en que cualquier percepción sensible la active, ya sea con un olor, un color, una canción, un sabor, etc.

Siguiendo el ejemplo de la narración, si el hombre por vergüenza no experimenta el temor y el dolor producido por el impacto, puede ser posible que se sienta angustiado cada que se acerque un limpia vidrios y sostenga que es porque no trabajan y son vagos; en teoría puede que esa sea parte de la razón, pero también puede ser posible y sólo a manera de ejemplo, que ese sea el factor que detone el dolor y el miedo que no se permitió sentir.

La razón no aniquila ni suple a la emoción y ésta siempre encontrará la manera de hacerse presente, de tal manera que con el olvido lo único que pasa es que perpetuamos la situación dolorosa que nos perseguirá toda la vida.

Sin embargo, no estamos obligados a vivir un trauma perpetuo, las personas estamos hechas para fluir con la vida. El primer paso para fluir existencialmente es la aceptación. Aceptación intelectual y corporal. Pero a muchas personas en este momento sólo les queda la sensación corporal de la situación dolorosa, por la tendencia a olvidar. Sienten algo y no saben ni qué es lo que sienten ni por qué. Ahora bien, al momento de experimentar algún tipo de molestia existencial y no tener la conciencia del por qué o para qué, ha de ser importante no negar la experiencia sino experimentarla en la totalidad de su manifestación y buscar ayuda profesional. Sólo en esa medida dejaremos de ser sobrevivientes de la existencia para convertirnos en verdaderos dueños de nuestra vida. Cerrando los ojos y negando la realidad no sanaremos nuestra vida interior.

Rigoberto Camacho Corrales
Filósofo y Terapeuta
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