huanismocientificoCon mucha frecuencia escuchamos hablar de la palabra dignidad, pero muy poco comprendemos el significado antropológico de dicho término. La palabra “dignidad” nos invita a contemplar una cierta “preeminencia o excelencia”. Esto quiere decir, que la persona humana está revestida de una especial dignidad gracias a la cual “sobresale” o “destaca” sobre el resto de los seres vivos del universo entero. El ser humano tiene un valor intrínseco independientemente de lo que realice, pues su valor radica en su ser antes que  su hacer.

El versículo más hermoso de la Biblia desde el punto de vista humanista podríamos decir que es el que engrandece la espiritualidad del ser humano: “Desde antes que nacieras ya te conocía” (Jr 1, 5).  Se trata de un proyecto de amor. En el pensamiento de un ser superior divino ya estaba plasmado cada uno de los seres humanos desde antes de nacer, de acuerdo a la grandeza de este texto  bíblico. El plan de Dios para cada vida humana comienza desde antes de nuestro propio nacimiento. He aquí la grandeza y dignidad de cada ser humano que habita este planeta.

Sin embargo parecería que lo hemos olvidado por completo. En ninguna otra época de la historia el ser humano había perdido tanto su identidad como en la nuestra. Estamos delante de una auténtica paradoja:

“Tenemos edificios más altos pero temperamentos cortos, autopistas más anchas pero puntos de vista más estrechos. Gastamos más pero tenemos menos, compramos más pero disfrutamos menos. Tenemos casas más grandes pero familias más pequeñas. Más compromisos pero menos tiempo. Tenemos más títulos pero menos sentido común, más conocimientos pero menos criterio, más expertos pero más problemas, más medicinas y menos salud.

Hemos multiplicado nuestras posesiones, pero hemos reducido nuestros valores. Hablamos mucho, amamos poco, odiamos demasiado. Aprendemos a amar una vida pero no a vivirla plenamente. Hemos llegado a la luna y regresado pero tenemos problemas a la hora de cruzar la calle y conocer a nuestro vecino. Hemos conquistado el espacio exterior pero no el interior, limpiamos el aire pero contaminamos nuestras almas. Tenemos mayores ingresos pero menos moral, hemos aumentado la cantidad pero no la calidad.

Estos son tiempos de personas más altas con caracteres más débiles, con más libertad pero menos alegría, con más comida pero menos nutrición. Son días en los que llegan dos sueldos a casa pero aumentan los divorcios, son tiempos de casas más lindas pero hogares todos, un tiempo con demasiado en la vidriera y poco de puertas adentro (…)” (Crf.  http://www.franquiciaencasa.com/elsarodriguez/blog/439-la-paradoja-de-nuestro-tiempo.html).

Quizás se deba precisamente a que hemos perdido ese humanismo que nos identifica como especie humana y ese humanismo no es otra cosa que esa dimensión espiritual.

La reflexión sobre el hombre es de manera permanente y entre otras cosas, debe darse cuenta de que Dios es el verdadero amigo del hombre; más aún, necesita saber que Dios es la esencia de su existencia y el sentido último y fundamental de su vida; pues Él ha puesto en su corazón un profundo anhelo de búsqueda. La ciencia no puede estar confrontada con la espiritualidad ni viceversa. De la misma manera que no podemos concebir un dualismo de alma – cuerpo (o lo somático y lo psíquico, o como cada quien le quiera llamar), así tampoco podemos concebir una ciencia fuera del ámbito espiritual porque nos rebajaríamos solo al ámbito biológico o puramente animal.

Quizás más de alguno estará ya en desacuerdo al ver el binomio ciencia – espiritualidad. Y no es ninguna novedad, ese ha sido el talón de Aquiles de nuestro siglo, separar las ciencias humanistas de las ciencias positivistas experimentales.

Es por ello que la Bioética no es bien recibida en muchos ambientes. Se le cierra constantemente la puerta y se le ve, en no pocos casos, como quien está en un continuo retroceso del momento científico que estamos viviendo.

Pero aun así, la Bioética seguirá buscando ser puente entre lo humano y lo científico, entre lo humano y lo experimental, entre lo humano y lo tecnológico. De cualquier modo es el hombre quien inventa y trasforma la ciencia y la tecnología. Pero si pierde de vista su identidad, terminará de ser el amo de la ciencia a ser su esclavo.

Por ello, si el hombre comienza a ser esclavo de la ciencia al experimentar con su propio cuerpo,  llegará a ser un objeto entre los demás objetos con los que se puede experimentar y manipular sin ninguna norma u ética de comportamiento.

Jean Paúl Sartre lo expresaba así: “aquella mujer que veo venir hacia mí, aquel hombre que pasa por la calle, aquel mendicante que oigo cantar desde la ventana, no hay duda que son para mí objetos.”

 
 
Pbro. Javier Antuna García
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