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Con el favor de Dios, el próximo domingo 23 de septiembre nuestro Sr. Obispo D. Jonás Guerrero presidirá en la Catedral Basílica de Nuestra Sra. del Rosario (Culiacán) la Santa Misa con la que se estará iniciando el Curso Propedéutico para los candidatos al Diaconado Permanente.

Los prospectos, propuestos y presentados por sus párrocos y sus comunidades, participarán del rito con el cual nuestro Padre Obispo los introducirá en los diferentes períodos de su preparación antes de servir a nuestra Iglesia local como Diáconos Permanentes.

Origen del diaconado permanente

Cuando en la Iglesia se habla de Diáconos Permanentes, se está apuntando –tal como indica el Concilio Vaticano II en la constitución Lumen Gentium, n. 29– a aquellos “varones de edad madura, aunque estén casados, y también a jóvenes idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato” a quienes se les ha conferido el primer grado del sacramento del orden, de manera “que reciben la imposición de las manos ‘no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio’”, es decir, para que ejerzan “el diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía”.

El diaconado, que durante muchos siglos había desparecido en la práctica de la Iglesia, fue restablecido en el Concilio Vaticano II. La restauración del diaconado como grado propio de la jerarquía ha suscitado toda una serie de interrogantes: ¿Por qué restaurar este diaconado cuando, en la práctica, existen ya muchos otros ministerios eclesiales? ¿No hay el peligro de que la ordenación diaconal sea un obstáculo a la promoción de los ministerios laicales? ¿No se estará recuperado el Diaconado Permanente sólo por la falta de sacerdotes?

Para responder a estas preguntas, hay que empezar haciendo una afirmación: el diaconado es un sacramento. Ahí está su identidad. Otra cosa será el lugar que pastoralmente le pertenece. Lo que hace un diácono no es idéntico a lo que hace un laico; al menos, en el orden de la gracia. Lo característico del diácono es ser signo de Cristo-servidor. Así como lo característico del obispo y del sacerdote es ser signo de Cristo-pastor. El diaconado llega hoy, pues, no como suplencia a la falta de sacerdotes, ni como amenaza a los ministerios laicales. Son la teología y la historia las que nos podrán ayudar a descubrir cuál es la identidad del diácono y cuál debe ser su lugar en nuestra pastoral.

Origen bíblico

“Los doce apóstoles reunieron a todos los creyentes y les dijeron: ‘no está bien que nosotros dejemos de anunciar el mensaje de Dios para dedicarnos a la administración. Por eso, hermanos, buscad entre vosotros siete hombres de confianza, entendidos y llenos del Espíritu Santo, para que les encarguemos estos trabajos. Todos estuvieron de acuerdo, y escogieron a Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás. Luego les presentaron a los apóstoles y les impusieron las manos” (Hch 6, 2-6).

En la primera carta a Timoteo, el apóstol Pablo le recomienda que tenga sumo cuidado en la selección y en la vida de los diáconos: “Asimismo, los diáconos deben ser hombres respetables, que nunca falten a su palabra ni sean dados a emborracharse ni a desear ganancias deshonestas. Deben apegarse a la verdad revelada en la cual creemos y mantener limpia la conciencia. Primero, deberán ser sometidos a unas pruebas, y después, si son irreprochables, podrán servir como diáconos… Porque los diáconos que realizan bien su trabajo se ganan un lugar de honor, y con mayor confianza podrán hablar de su fe en Cristo Jesús” (1 Tim 3, 8).

 

Teología del diaconado

El diácono NO ES:

  • Un monaguillo cualificado ni un sacristán reubicado.
  • Un sacerdote rebajado o medio cura.
  • Un laico promocionado para acaparar el trabajo apostólico de los laicos.
  • Una solución funcional de emergencia a la falta de sacerdotes.
  • Un hombre ordenado exclusivamente al servicio del altar.

El diácono ES:

  • Un servidor de la comunidad, haciendo posible que el apóstol se dedique a lo que le es propio (cfr. Hch, 6, 3-4).
  • Ordenado y vinculado directamente al ministerio episcopal, al servicio del Pueblo de Dios.
  • Sacramento de Cristo servidor.

La razón última del diaconado no debe ser buscada en el ejercicio externo de determinadas funciones, sino en la participación especial de la diaconía de Cristo en la fuerza del Espíritu, a través de un sacramento. Al desarrollar su ministerio, realizando quizás  funciones similares a las del presbítero, o aún aquellas propias del laico, el diácono lo hará de un modo nuevo, marcado por una gracia específica que lo configura a Cristo Servidor.

Ordenando los diáconos, la Iglesia puede evidenciar mejor que la caridad de todo el pueblo no es algo opcional sino que debe ser uno de sus rasgos distintivos. El carisma del diácono, signo sacramental de «Cristo Siervo», tiene gran eficacia para la realización de una Iglesia servidora.

P. Gilberto Ascencio Torres
contacto@periodicologos.org

2 Comentarios

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