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A lo largo de la vida hemos sido expuestos a incontable número de separaciones, comenzando por el mismo nacimiento como primera dolorosa separación a través de la cual, el bebé es extraído de un ambiente cálido y protegido, para, por primera vez, experimentar frio, calor, hambre, incomodidades, etc.

Posteriormente, ante el desarrollo psicomotriz, se comienzan a experimentar las separaciones más palpables de los padres, y estos a su vez, las separaciones de los hijos, quienes buscan explorar el mundo. Y así, el ingreso a la guardería o jardín de niños, los cambios de domicilio, la entrada a la adolescencia, entre otras, son separaciones que vivimos a lo largo de nuestra existencia.

Cada una de estas separaciones (o pérdidas), grandes o pequeñas, nos recuerdan que los vínculos en la vida son provisionales y sobre todo, nos preparan para la separación más temida de todas, la muerte.

Las separaciones o pérdidas traen consigo una serie de reacciones emocionales, físicas, psicológicas, conductuales, cognitivas, etc. denominadas duelos. El proceso de duelo se realiza siempre que tiene lugar una pérdida significativa, siempre que se pierde algo que tiene valor, real o simbólico. La intensidad del duelo no dependerá de la naturaleza de aquello perdido, sino del valor que le atribuye el deudo.

Existen una gran cantidad de pérdidas a lo largo de la vida y Prangazzi las agrupa en los siguientes bloques:

  • Pérdida de la vida: Es una pérdida total ya sea de otra persona o de la propia vida (cuando hay enfermedades que enfrentan a las personas a su final).
  • Pérdidas de aspectos de sí mismo: Pérdida de la salud, algunas partes del cuerpo o algunas capacidades cognitivas, motoras, etc.
  • Perdidas de objetos: Se trata de pérdidas materiales como pertenencias, trabajos, estabilidad económica, etc.
  • Pérdidas emocionales: Rupturas con la pareja o amigos.
  • Pérdidas ligadas al desarrollo: Relacionadas al ciclo vital como el paso por las distintas etapas: adolescencia, juventud, vejez, menopausia, etc.

Etapas del Proceso de Duelo

Aunque existen muchas controversias en cuanto a si los duelos pasan por un proceso con etapas determinadas o dependen de cada persona, a continuación se presentan la etapas propuestas por Kübler Ross:

  • Negación: Esta etapa sirve para atenuar el dolor ante la noticia de la pérdida y debe ser provisional.
  • Ira: En esta etapa, la negación se sustituye por la rabia y el deudo comienza a preguntarse un sinnúmero de “por qués”. Existe una queja generalizada en el doliente y el enojo será dirigido en todas direcciones.
  • Negociación: Ante la incapacidad para afrontar la realidad, surge el deseo de llegar a un acuerdo para intentar superar su dolor. Surge un pensamiento primitivo y el doliente piensa en hacer un trato con Dios, con la vida, con los médicos que pretende restitución de la pérdida.
  • Depresión: Esta etapa se hace presente cuando ya no se puede seguir negando la pérdida. Surgen sentimientos de profunda tristeza. Suele ser una etapa larga y muchas personas pueden quedar atascadas en ella si no se promueve la comunicación verbal de su dolor o se intenta evitar la expresión del dolor.
  • Aceptación: Aparece solamente cuando la persona ha podido elaborar su ansiedad, ira y tristeza. Cuando se llega a esta etapa el doliente ha encontrado algo de paz ante su pérdida.

¿Qué hacer con los niños pequeños ante las pérdidas?

Los padres experimentan muchos temores relacionados al cómo y cuándo hablar con niños pequeños sobre las pérdidas, sobre todo por fallecimiento. Es importante que aprovechemos los ciclos naturales de la vida para comenzar a explicarles a los niños el proceso de la muerte: el fallecimiento de mascotas, el ciclo de las plantas, etc.

Ante un fallecimiento, es importante ser completamente honestos con los niños. Aun los más pequeños son muy sensibles ante las reacciones de los adultos y fácilmente pueden detectar que algo sucede y esto les afecta. El niño puede y debe percibir que los adultos están tristes o que lloran, esto les invita a expresar sus emociones. Es aconsejable, sin embargo, que se les evite (en la medida de lo posible) presenciar escenas desgarradoras de dolor o pérdida de control de parte de los adultos.

Igualmente, es cardinal explicar cómo ocurrió la muerte en pocas y sencillas palabras que ellos puedan entender y que no les generará mayor confusión.

 Con los niños pequeños, es necesario ser más pacientes ya que para ellos la muerte es un estado reversible. Evitemos expresiones como “lo hemos perdido”, “se ha dormido”, “se ha ido”, etc. que pueden generar sensación de reversibilidad ante el hecho.

Un factor de apoyo con niños es reencontrar su ritmo cotidiano para garantizarle el máximo de estabilidad.

Animémosles a expresar lo que sienten y no esperemos que tengan reacciones cómo las de los adultos. Seamos conscientes que las reacciones de los niños pueden confundir al adulto con cambios de humor, bajo interés en actividades escolares y extraescolares, alteraciones en sus ciclos de sueño, alteraciones en su apetito, temor a quedarse solo, berrinches, perdida de interés por amigos o hobbies, etc.

En conclusión, podemos asegurar que, aunque es muy angustiante percibirnos o percibir a otros invadidos por la tristeza, los duelos no solo son comunes, sino normales. Por el contrario, frenar las emociones producidas por las pérdidas puede desencadenar una serie de reacciones patológicas que requerirán de intervención especializada.

 

Psic. Azucena Ruiz
contacto@periodicologos.org

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