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¿Quién puede olvidar aquella maravillosa película de Roberto Benigni, “La vida es bella”, basada en el libro “Al final derroté a Hitler”, de Rubino Romeo Salmoni? En la obra un hombre narra aquella época inolvidable de dolor y de amor que vivió junto a su padre, quien en los momentos más aciagos de su niñez le mostró la belleza de la vida, contando al final de su narración: “Esta es mi historia. Ese es el sacrificio que hizo mi padre. Aquel fue el regalo que tenía para mí”. La fe – como la vida – es bella porque viene de la fuente de la Vida que es Dios.

Desde quien sabe cuándo hemos escuchado que la Iglesia nos enseña que la fe es la verdad de Dios y que es necesario conocerla muy bien e intentar adecuarnos a lo que la doctrina de Jesús nos inculca.

Durante todo ese tiempo el catecismo se conocía con el nombre de “doctrina”, como si todo se tratara de llenar de ideas la cabeza, casi, en ocasiones a la orilla del gnosticismo, que irónicamente es una herejía.

La fe, por supuesto, nos expresa la verdad que viene de Dios y que salva. Jesús mismo nos enseñó que la verdad nos hará libres. Pero cuando nos estacionamos en el patio de los conceptos, entonces la fe se hace una expresión fría – y muchas veces frívola – de la existencia.

Hoy se necesita otra cosa: vivir y transmitir la fe en su dimensión más propiamente bíblica, la del corazón, la del amor que se abre en ella a una racionalidad del corazón, la de una afectividad lúcida, inteligente y más humana, capaz de vincularse más plenamente con la verdad. La fe, al conectar la verdad con el amor, al plantear un conocimiento compartido, permite que la razón respire porque ensancha y dilata el horizonte y el tiempo, abriendo a la verdad grande y común, en la que la vida encuentra sentido y sustento.

En este modo de entender las cosas, vale la pena recordar lo que el papa Francisco dijo a los jóvenes en Río: “La fe realiza en nuestras vidas una revolución que podríamos llamar copernicana, porque nos quita del centro y se lo devuelve a Dios. La fe nos sumerge en su amor, que nos da seguridad, fuerza, esperanza. En apariencia nada cambia, pero en lo profundo de nosotros cambia todo”.

En su hasta ahora única exhortación, La Alegría del Evangelio, el papa Francisco, nos exhorta a que “toda catequesis preste una especial atención al <<camino de la belleza>>, ya que “creer en Cristo y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aún en medio de las pruebas” (168).

Y refiriéndose a quienes tenemos el encargo de enseñar en la Iglesia, Francisco nos insiste: “Más que como expertos en diagnósticos apocalípticos u oscuros jueces que se ufanan en detectar todo peligro o desviación, es bueno que puedan vernos como alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio” (168).

En el mensaje final, los obispos reunidos en el sínodo sobre la Nueva Evangelización (2012) vehementemente nos decían: “hemos de constituir comunidades acogedoras, en las cuales todos los marginados se encuentren como en su casa, con experiencias concretas de comunión que, con la fuerza ardiente del amor, -“Mirad como se aman”(Tertulliano, Apologetico, 39,7) – atraigan la mirada desencantada de la humanidad contemporánea. La belleza de la fe debe resplandecer, en particular, en la sagrada liturgia, sobre todo en la Eucaristía dominical. Justo en las celebraciones litúrgicas la Iglesia muestra su rostro de obra de Dios y hace visible, en las palabras y en los gestos, el significado del Evangelio. (n.3). Esa belleza, parece, entonces, la belleza de la “acogida”, y no tanto de la de la “solemnidad” hueca; un “hogar” para los marginados, un centro del amor, no del “resplandor” del oro, sino de la misericordia para todos. Allí está la auténtica belleza de la fe.

Hoy día debemos insistir en vivir una fe llena de expresiones de belleza, que cautive el corazón, que llene el alma, sin que esto signifique ningún sacrificio de la verdad, pero que sí nos lleve a poder experimentar vivamente la presencia amorosa y hermosa de Dios, una experiencia que se comparte y que se hace solidaria con los que el mundo ha descartado, para acogerlos, promoverlos y mostrarles el rosto amoroso de Dios.

Nuestras comunidades deben esforzarse por mostrar la fascinación de seguir a Cristo con expresiones llenas de fiesta y de alegría, llenas de esperanza y aliento, donde todos se sientan en casa, se sientan acogidos, bienvenidos, aceptados, escuchados y alentados a seguir el camino de una fe bella que hace que la vida sea también bella.

P. Alberto Gerardo Gutiérrez
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