jonas_guerrero_corona_782El Papa Francisco nos ha sorprendido con la Encíclica LA LUZ DE LA FE para continuar viviendo el AÑO DE LA FE que iniciara el recordado Papa Benedicto XVI para que la Iglesia universal profundizara en esta realidad fundamental del discipulado en Cristo Jesús.

 Un punto básico de dicha Encíclica que fue presentada el 29 de junio pasado, día de San Pedro y San Pablo, es un desafío a superar el paradigma de una fe estática o meramente pasiva, una fe que lleve solo al adoctrinamiento o a memorizar respuestas de preguntas que nadie hace; por eso nos urge a descubrir el dinamismo de una fe bíblica que requiere responder a la Palabra viva de Dios que llamó, sigue llamando y seguirá llamando a personas concretas y en circunstancias precisas para dar respuesta a su llamado; Dios no muestra su rostro sino que hace escuchar su voz, se comunica e ilumina toda la existencia del oyente; dicha Palabra   capacita al oyente para recibir ojos nuevos que se abren al futuro confiando en las promesas del Dios fiel que se da a conocer a quienes son dóciles a la Palabra escuchada, rumiada y hecha criterio de vida y juicio de valor para afrontar desde el Dios que se da a conocer y ofrece su vida para que todo creyente entre en el gozo de las promesas de un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21,1).

El modelo paradigmático de auténtico creyente es Abraham, Padre de la Fe (Ro 4,11) que no ve a Dios sino que escucha su voz y de este modo  su fe adquiere un carácter personal; no es un Dios sujeto a un lugar, ni a un tiempo sagrado determinado; sino el Dios persona que escucha el dolor de un pueblo sufriente y esclavizado por el faraón y entra en contacto con Moisés, y entra también en contacto con el creyente Abraham y establece una alianza a través de un ritual religioso (Gen 12,8).

¡Oír es la función del oído pero escuchar es la intención del oyente! No se trata de una escucha cualquiera sino un “abrir el oído” como hace quien está profundamente interesado o quien no puede permitirse  perder una palabra, una señal o un gesto de la persona amada; escucha a su amado el que ama ávidamente, por eso la fe que escucha es una respuesta al amor de Dios AMOR QUE SE COMUNICA Y SALVA. Por lo cual, María hermana de Lázaro estaba a los pies de Jesús y “escogió la mejor parte” (Lc 10,42): la escucha de una auténtica discípula que no pretende descubrirlo todo enseguida, ni espera revelaciones inmediatas que eviten el trabajo de la búsqueda sino que el discípulo sabe esperar porque ama y decide responder poco a poco, como discípulo que crece y madura con  la ayuda imprescindible del Espíritu Santo.

Es un llamado a descubrir el propio nombre (encuentro conmigo mismo) y su misión en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. No basta iniciar al creyente a leer la Palabra o solo a interpretarla con sabiduría o a citarla frecuentemente; es indispensable suscitar una convicción y estimular hacia una relación de fe constante, ininterrumpida y perenne, hacia una respuesta de fe madura que sea mucho más que moralizante o solo devocional o solo cultural. El discípulo con formación evangélica descubre que la Sagrada Escritura no es un libro a secas, sino: LA ESCRITURA ES UNA PERSONA, JESUCRISTO, anunciado y esperado en el Antiguo Testamento; encarnado, muerto y resucitado en el Nuevo y Eterno Testamento.

La Biblia es el libro por excelencia del discípulo de Cristo e interpretada en la Iglesia del mismo Cristo; ella habla a todos y en cualquier época, aunque fue escrita en un tiempo y modos determinados explicita la Revelación que viene de la Eternidad y por eso es actual y perenne (Romano Guardini, Elogio del Libro).

Discípulo maduro de Cristo: ¡escucha al Señor y vivirás! 

 
 
+Jonás, obispo de Culiacán.
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